Paris: La colección Rubinstein en el Museo del Quai Branly

 

Publicado el diciembre 1, 2019

Escrito por Adrian Gualdoni Basualdo

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A más de cincuenta años de su dispersión en las tarimas neoyorquinas de Parke-Bernett, la colección de arte “extra europeo” (como resulta correctamente político llamarlo hoy en día) que formó la empresaria Helena Rubinstein (1870-1965) vuelve a adquirir protagonismo en la exposición que desde el 19 de noviembre le dedica en París el Museo del Quai Branly-Jacques Chirac.

A través de 66 piezas de arte africano laboriosamente reunidas por la curadora Hélene Joubert, algunas procedentes de ámbitos privados y otras del Smithsonian de Washington, el Metropolitan de Nueva York y los museos de Brooklin y Detroit, acompañadas por una amplia documentación fotográfica, se alcanza a percibir el inquieto espíritu de la coleccionista que se apartó de los cánones que movilizaban los mejores afanes de los aficionados de la primera mitad del siglo XX.

“Helena Rubinstein. La colección de Madame” es el justo y preciso título de esta muestra que homenajea a quien no vaciló en abrir senderos nuevos en el campo del coleccionismo de arte. Ecos del colonialismo eurocéntrico rondan por las salas en las que se exhiben las piezas seleccionadas. La coleccionista reflejó una realidad que por entonces ya comenzaba a sacudirse. Ella fue testigo atenta, nunca una responsable a quien hoy pedir cuentas. Algunas expresiones críticas se han hecho sentir en ese sentido y a raíz de esta exposición, pero su origen es tan obvio que solas se autodescalifican.

Junto a piezas y artefactos representativos del arte africano, como la “Figura de ancestro” (Gabón, s.XIX) que ilustra estas líneas, aparecen en la muestra, que estará abierta al público hasta el 29 de junio del año próximo, piezas procedentes de Asia, Oceanía e incluso de la Sudamérica prehispana.

En la terraza del soberbio edificio que el arquitecto Jean Nouvel diseñó para este museo dedicado a las artes del mundo entero se encuentra el restaurant “Les ombres”, que al atardecer recibe la sombra de la Torre Eiffel. Es el lugar que elegimos para la pausa adecuada a una muestra como la que comentamos. Una cocina de reconocibles raíces francesas, pero con adecuados toques de atención hacia platos originarios de las culturas a las que el museo está dedicado, convive con el típico refrigerio para el visitante apresurado. Como afortunadamente creemos que no es el caso de nuestros lectores, sugerimos como entrada el ceviche de salmonete, y el filete de pato de Chaillans con guarnición de alcachofas. Como postre, un clásico: las peras “Belle Hélene”, suerte de cameo gastronómico en recordación de la coleccionista homenajeada.