Praga: Alfons Mucha y su epopeya eslava

 

Publicado el junio 24, 2018

Escrito por Adrian Gualdoni Basualdo

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Tras nueve décadas de itinerancia no exenta de ciertos dramatismos, la espectacular saga “La epopeya eslava”, compuesta por el checo Alfons Mucha (1860-1939) a través de veinte telas de gran tamaño, encontró finalmente en el Lapidarium de Praga lo que será su sede definitiva.
El trabajo fue encomendado al artista en 1913 por el eslavista americano Charles Crane, y concluído en 1928, fue donado a la ciudad de Praga en ocasión del décimo aniversario de la independencia de Checoslovaquia.
La serie de pinturas alegóricas recoge los mitos y avatares del pueblo eslavo en su gesta histórica y fue expuesta por vez primera en la Feria Internacional realizada en la capital checa. Llegó luego el nazismo, que ocultó las pinturas por considerar a Mucha simpatizante del judaísmo. Por cierto, el artista falleció en circunstancias no muy claras tras ser sometido a un interrogatorio por la Gestapo. Tampoco el comunismo, que sometió al país tras la segunda Guerra Mundial, fue favorable a estas obras ya que consideró a su autor como “decadente y burgués”. En los años sesenta las pinturas fueron llevadas al castillo de Moravsky Krumlov, cercano a Ivanice, pueblo natal de Mucha.
La suerte de “La epopeya eslava” comenzó a cambiar en 2012, cuando fueron recuperadas por Praga y sometidas a una imprescindible labor de restauro. En 2017 fueron trasladadas a Japón, donde fueron apreciadas por 660.000 personas.
Finalmente, este año alcanzaron su meta de un espacio de exhibición definitivo. Por decisión de la alcaldesa de Praga, Adriana Kmacova, fue restaurado el Lapidarium, edificio de estilo Art Nouveau, originariamente destinado a museo de esculturas, pero que llevaba un prolongado lapso de abandono. Luego de una inversión de más de 26 millones de dólares, Praga ha añadido un nuevo museo a su patrimonio. A la más importante obra de Alfons Mucha se le ha garantizado un hogar permanente y el turismo ha incorporado un hito insoslayable en sus visitas a la ciudad del río Moldava.
Este conjunto de pinturas es comparable, por su importancia, a la serie “Visión de España” que Joaquín Sorolla concibió en 14 lienzos realizados entre 1913 y 1919, por encargo del magnate americano Archer Huntington y que hoy se exhiben en la Hispanic Society de Nueva York. Y también podría compararse con la estupenda serie “Los gauchos”, integrada por 30 pinturas de gran tamaño, que nuestro Cesáreo Bernardo de Quirós realizó en los años veinte y llevó en triunfo por España, Italia, Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, y que finalmente donó a nuestro país. Aceptada la donación por Ley 14.587 refrendada por el Presidente Illia, su condición de ser exhibida completa y en un único espacio nunca se cumplimentó. Hoy, alguna de esas obras se expone aislada en el Museo Nacional de Bellas Artes, mientras el resto agoniza en sus oscuros depósitos.
Bien sabemos los porteños que hay algunos edificios oficiales que vegetan con burocráticos cometidos. Y que adecuadamente convertidos en salas de exhibición no sólo darían cumplimiento a una ley nacional sino que se convertirían en un importante atractivo de la ciudad.